La inteligencia artificial ha dejado de ser una simple curiosidad tecnológica para convertirse en un fenómeno que interpela a la humanidad en lo más profundo. Así lo plantea Jan Martínez Ahrens, director de El País, en su carta a los lectores con motivo de la jornada inaugural de la feria IFA en Berlín, celebrada el pasado 4 de septiembre. El texto compara a la humanidad con un primate que se asombra ante su propio reflejo: hemos creado algo que nos enfrenta a nuestros límites conceptuales.
El autor advierte que la IA se desarrolló en un ecosistema capitalista donde primaron la competencia salvaje y la superación del contrario antes que la ética. Eso imprimió una velocidad extraordinaria a su maduración, pero también la catapultó a un lugar incierto. Tras el incidente de Hugging Face, según la carta, queda claro que aquello que debía servirnos puede servir a propósitos maliciosos.
Ante este escenario, Martínez Ahrens sostiene que es necesario debatir los límites de la IA, pero sin ingenuidad: no hay vuelta atrás. La penetración es irreversible y las inversiones comprometidas solo en la nube por los cinco grandes proveedores estadounidenses alcanzan casi 690.000 millones de dólares (630.000 millones de euros). Ni Estados Unidos ni sus compañías tecnológicas ni China abandonarán la carrera. El artefacto, concluye, ya no se puede desactivar, solo controlar.
Ese control presenta dificultades. Vigilar la IA equivale a adentrarse en sus entrañas, y la llave está en manos de un entramado tecnológico que ha amasado una enorme fortuna. Solo OpenAI factura ya a un ritmo anualizado de unos 40.000 millones de dólares (35.000 millones de euros). El director duda de que estas compañías compartan sus conocimientos, y sospecha que la autorregulación que ofrecen OpenAI, Anthropic y Google busca evitar la irrupción de un regulador o, como señala Pekín, frenar a los competidores.
Lo urgente, según el texto, es someter la IA a revisión por los organismos administrativos competentes, una medida que rechaza el Ejecutivo de Trump. Quedan la vía judicial o la legislativa, esta última solo si cambia el signo del Congreso después del 3 de noviembre, caminos aún sin transitar.
La tensión evidencia que la IA pasó de ser objeto de perplejidad a uno de conflicto. Las compañías que la crearon dicen temer a su propia criatura y piden ralentizar sus desarrollos, mientras la opinión pública occidental se vuelve más desconfiada y China y Estados Unidos libran un pulso formidable por su dominio. Todo va muy rápido y apunta a un choque mayor. Quizá, concluye el autor, ya sea hora de preguntarse qué ve un primate cuando se mira al espejo.
